¡Esta vez sí! Contra el verdugo de su verdugo, fue muy distinto. Roger Federer (2º) no desaprovechó la ocasión que le había puesto en bandeja la eliminación de Rafael Nadal en octavos de final y, tras las tres finales consecutivas perdidas ante el mallorquín (quien también le había vencido en las semifinales de 2005), el suizo por fin lo logró contra Robin Soderling (23º), el hombre que puso fin prematuramente al sueño del quinto Roland Garros consecutivo para la “bestia negra” del helvético. Pero, como siempre en el tenis, cuando un sueño se esfuma, da paso a los sueños ajenos… Seguramente no era ésta la edición a la que Federer llegaba en mejor momento. Sin embargo, sí que era su momento. Así, todas las dificultades que tuvo para imponerse en segunda ronda (cuatro sets contra José Acasuso), en octavos (tras ir 2 sets abajo frente a Tommy Haas y con un break-point en contra para el 5-3) y en semifinales (después de ir perdiendo 2 sets a 1 contra un gran Juan Martín del Potro) quedaron borradas de un plumazo a la hora de la verdad. El nº 2 mundial no dio opción en ningún momento a Soderling y, en menos de 2 horas, conquistó su primera Copa de los Mosqueteros (el único Grand Slam que se le resistía) por 6-1, 7-6 (7-1) y 6-4. Soderling no es Nadal Desde luego, Soderling no era Nadal. Por mucho que el sueco hubiese dejado en el camino sucesivamente a especialistas de la talla de David Ferrer (14º), Rafa Nadal (1º), Nikolay Davydenko (10º) y Fernando González (12º), el balance adverso de 0-9 en sus duelos contra Federer, así como el hecho de disputar su primera final en un “grande”, debían de pesar psicológicamente lo suyo. Y así sucedió sobre todo en la fugaz primera manga, que resultó un monólogo de apenas 23 minutos a cargo de Federer: 6-1. Mientras el escandinavo, con el brazo encogido, no lograba enganchar ni uno solo de sus trallazos ganadores desde el fondo de la pista, el suizo empezaba a soltar sus magistrales dejadas, a hacer daño con su derecha, a variar el ritmo con su revés y, sobre todo, a mostrarse arrollador con su primer servicio (con el que ganó todos sus puntos en este parcial, y con el que totalizó 16 aces, por apenas 2 de Soderling). Aquel excelso tie-break… Con el segundo set llegaron las primeras gotas de lluvia, así como el comienzo de la reacción para Soderling, que por fin empezó a enganchar sus latigazos de derecha y de revés a dos manos. Con el 2-1, un estúpido incidente apenas logró descentrar a Federer durante el transcurso de ese cuarto juego: un espontáneo descerebrado (especialista en ese tipo de acciones) saltó a la pista con la bandera del FC Barcelona, con la intención de colocarle una barretina en la cabeza. Lógicamente, las fuerzas de seguridad redujeron tan pronto como pudieron al individuo, con lo que el partido pudo recuperar la normalidad. Una normalidad que, en forma de ausencia de bolas de quiebre para ninguno de los dos jugadores, se mantuvo hasta el tie-break… para allí adquirir tintes sobrenaturales. Con seis puntos seguidos, Federer, colosal, se adjudicó el desempate por un inapelable 7-1. El suizo solamente dejó que Soderling le hiciera un “ace” para el 1-1, mientras él se “limitaba” a apuntarse cuatro (¡con los cuatro puntos jugados con su servicio!), aderezados por una dejada de libro y un par de peloteos contundentes por su parte. Las dos únicas ocasiones de Soderling El momento clave del segundo set conectó con el del tercer parcial: Soderling, aún aturdido por el recital de Federer, perdió su servicio de entrada tras ceder el break-point con una doble falta. Una desventaja que ya no iba a lograr enjugar, pese a procurarse sus dos primeras bolas de ruptura en todo el partido: la primera, con el 2-1 (salvada por el de Basilea con un saque ganador); la segunda, con el 5-4 (tras cometer el suizo un clamoroso error de volea, fruto de su inevitable ansiedad cuando sacaba para el campeonato). El compatriota de Bjorn Borg, sin embargo, pifió su gran ocasión, y dejó que Federer acabara rematando la faena con una volea de derecha y, en su primer “Rolanga point”, con un servicio ganador. De ese modo, el maestro de Basilea pudo estallar de júbilo y de emoción, ante la mirada satisfecha de su esposa Mirka. Por fin podía unirse en el Olimpo del tenis a Fred Perry, Don Budge, Rod Laver, Roy Emerson y Andre Agassi, los otros cinco dioses de la raqueta que lograron adjudicarse los cuatro “grandes” antes que él (aunque solamente Agassi, quien le hizo entrega de la Copa de los Mosqueteros, lo había logrado también en cuatro superficies distintas). Y de paso, con su 14º título del Grand Slam, igualó el récord de Pete Sampras, el estadounidense que, a diferencia de Federer, nunca llegó a acariciar la victoria en la tierra batida de la Porte d’Auteuil…
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