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1968, la otra revolución

lunes, 12 de mayo de 2008

En aquel mes de mayo de 1968 en el que Francia se “emancipaba”, el mundo del tenis vivió asimismo momentos que iban a cambiar la historia de ese deporte. El Abierto de Francia, protegido en su tranquilo emplazamiento del estadio Roland Garros, sobrevivió al conflicto social de mayo de 1968 sin un solo rasguño. Si bien el movimiento contestatario nació en el campus de Nanterre para luego extenderse a fábricas y administraciones, el malestar en ningún momento atravesó las verjas del estadio de la Porte d’Auteuil, verdadero oasis dentro de un París presa del caos (donde se hacía tan difícil desplazarse debido a las manifestaciones, las grandes huelgas y la escasez de gasolina).

120.000 espectadores

El torneo, entretanto, colgó el cartel de lleno, con la presencia especialmente de los estudiantes, que acudieron en gran número. Para los que no tenían entrada, no les quedó más remedio que ocupar las techumbres de las casas circundantes. Los más temerarios se convirtieron en gorriones, tras encontrar un incómodo nido en los árboles que bordean el estadio. Durante las dos semanas de torneo, nada menos que 120.000 espectadores se sucedieron para hacer del recinto tenístico un verdadero lugar de peregrinaje. El torneo registró unos ingresos de taquilla tres veces mayores que en la edición de 1967; casi una ironía de la historia, en un deporte cuya imagen elitista sigue estando todavía fuertemente arraigada.

Bournemouth abre el camino

Como contrapartida, el conflicto privó a Roland Garros de un aliado de peso: los medios de comunicación. Una lástima, ya que la historia (en menor grado, evidentemente) se escribía también en la Porte d’Auteuil.
Como ya hemos dicho, esta edición del torneo abrió una nueva página en la historia del tenis, la de la instauración de la era “open”, en la que a partir de entonces se mezclaban los jugadores profesionales con los aficionados.

A finales de abril, unos días antes del Abierto de Francia, el primer torneo “abierto” tuvo lugar en Bournemouth (Inglaterra), en el West Hants Lawn Tennis Club. Ken Rosewall, que venció a su compatriota Rod Laver en la final, se convirtió así en el primer jugador laureado de la nueva época.

100.000 francos en premios

Así pues, el Abierto de Francia fue el primer “grande” de la era “open”. Pero acabó llevándose a cabo no sin desavenencias previas. Bajo el impulso de Jack Kramer, Jean Borotra y Philippe Chatrier, se negoció un compromiso entre la FFT (entonces llamada FFLT: “Fédération Française de Lawn Tennis”) y un grupo de profesionales dirigido por George McCall. La federación gala, preocupada por el riesgo financiero, se mostraba remisa a desembolsar ganancias a los jugadores, mientras que los profesionales, como es lógico, se negaban a acudir para nada. Finalmente, el 26 de abril se llegó a un acuerdo: los profesionales obtenían 100.000 francos en premios y un porcentaje sobre los beneficios.

Un francés en octavos

En la pista, se temía una nivelación entre profesionales y aficionados. De hecho, apenas había 5 profesionales en el cuadro masculino y 2 en el femenino. La primera semana permitió al público francés ver en acción a sus campeones. Había un total de 24, dentro de un cuadro de 128. François Jauffret rubricó, en aquel contexto nuevo y tumultuoso, el mejor recorrido, al llegar a octavos de final (donde cayó ante el brasileño Thomas Koch). Pierre Darmon, por su parte, se coló en la tercera ronda.

Una aficionada y un profesional

En féminas, se esperaba mucho de Françoise Dürr, recién ascendida a profesional y que aspiraba a un segundo título consecutivo. La australiana Gail Sheriff (que después pasaría a ser más conocida con el apellido de Chanfreau-Lovera), todavía aficionada, se lo impidió en octavos de final (6-3 y 6-3)

Bajo un sol radiante, la final femenina se la adjudicó, ante la sorpresa general, Nancy Richey, aún “amateur”. Con pantalón corto y una gorrita en la cabeza, la estadounidense derrotó a la profesional británica Ann Jones por 5-7, 6-4 y 6-1. En categoría masculina, la final fue la misma de Bournemouth. Rosewall se impuso una vez más a Laver (6-3, 6-1, 2-6 y 6-2) y, de paso, se adjudicó su segundo título parisino, tras el de 1953. Así pues, al final esta edición histórica iba a coronar a un profesional y a una aficionada. Una bonita muestra de paridad, ciertamente, aunque el gran vencedor de esta edición de 1968 fue claramente el tenis “open”…


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